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Historia de la Virgen de Valsordo

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La Virgen de Valsordo es una advocación mariana cuya ermita está situada a dos kilómetros del pueblo de Cebreros, en el camino que baja al río Alberche. Es la patrona de este pueblo de Cebreros.

No se sabe la época ni el año en que empezó el culto a esta Virgen cuya imagen se venera en la Ermita de Valsordo. Antes de conocerla por el nombre que actualmente tiene, Virgen de Valsordo, se la llamó Nuestra Señora de las Virtudes, de las Victorias, de las Batallas y Virgen de los Toros, en memoria de la batalla que tuvo lugar en las llanuras del monte de Guisando, también se llamó la Virgen del Valle del Sordo.

En su honor se celebran las fiestas los días 14, 15 y 16, siendo el día quince de agosto, día de la Asunción, el más importante, también el primer domingo del mes de mayo en su ermita de Valsordo se celebra la Romería.

La primera noticia se remonta al siglo VIII cuando los moros invadieron la Península, saliendo la Virgen a proteger a los cebrereños en su contienda contra los invasores. Gracias a su intervención consiguieron siempre salir victoriosos.

Según unos antiguos pergaminos, antes de que llegasen los moros, la Virgen ya vivía en este lugar, en una casita hecha por los labradores en una dehesa que tuvo que abandonar ante la barbarie de los moros, para irse al desierto de Lancha Luna.

OFRECIMIENTO A NUESTRA SEÑORA DE VALSORDO POR GANAR UNA BATALLA.

El día fue el último del mes de agosto que era domingo. Todos los vecinos se confesaron y oyeron misa, encomendándose a la Virgen Santísima y la pidieron que si les favorecía la darían todas las ganancias de la batalla.

Los pueblos vecinos que lo supieron quisieron ayudarnos, pero nosotros con la Virgen de nuestro lado no teníamos miedo; nos arrojamos todos los del pueblo a ellos, unos a cantazos, otros con palos. Matamos a muchos moros, pero ninguno de nuestro pueblo recibió daño. Los atacantes se pusieron muy soberbios contra nosotros, venían a matarnos con sables y con lanzas. Al mismo tiempo vimos venir por el camino de nuestro lugar a una “Borriñega” que traía ocho toros de gran cuerpo, pasando por medio de nosotros sin hacer daño a ninguno de nuestro pueblo. Cuatro toros la emprendieron a cornadas contra aquellos moros, que en poco tiempo mataron a tantos miles que se formó un río de sangre que corrió cuarenta y ocho horas. Quedaron tan pocos que al ser más nuestros vecinos que ellos, pudieron defenderse con facilidad. Los otros toros estuvieron quietos al amparo de nuestro pueblo. Terminada la contienda se fue la Borriñega con los toros. Muchos de los nuestros dijeron que era Nuestra Señora. Algunos cogieron las banderas, que fueron doce, de oro y plata. Luego mandó la justicia que hicieran zanjas profundas donde enterraron los cadáveres y volvieron al pueblo todos los vecinos muy contentos por la victoria. Celebraron una fiesta en honor de la Virgen que desde aquel momento la llamaron la Virgen de los Toros. De las banderas ganadas las autoridades enviaron tres al Rey con una relación del suceso, y éste vino a dar gracias a Nuestra Señora y la regaló bien sin decir lo que era aquello. Las banderas que sobraron se las llevó el Rey una a Guadalupe, otra a la Virgen de Atocha de Madrid, otra a Valladolid.

La Virgen estuvo perdida muchos años, hasta que un día, por el verano, estaba un nieto de Juan Alía en el arroyo de las Vegas cuidando a las ovejas y las cabras de su padre Miguel Alía, el sordo, y donde estaba el ganado había mucho monte, en una dehesa que estaba en la otra parte del arroyo y que era de Miguel el sordo. A media tarde se levantó una tempestad tan grande que parecía que se iba a terminar el mundo con un diluvio de tanta agua como caía. El arroyo creció tanto que parecía un río. El muchacho estaba muy afligido, temía que al pasar se le iba a ahogar el ganado. No dejaba de llorar y de mirar a ver si por el camino venía alguna persona que le pudiera favorecer, pero no pasó nadie que le consolara, cuando se acabó la tempestad el arroyo seguía creciendo con el agua que venía de los cerros, viendo esto se afligía mucho más. Pero de pronto vio venir a una Borriñega por el camino del río que le dijo: “allá voy Juanito, estate quieto”. Éste obedeció a la Señora, sin dejar de mirarla. Sin saber cómo, ya estaba el ganado y el muchacho al otro lado del río sin haberse mojado, ni él ni el ganado.

Estaba la Virgen sentada en una lancha que había en la dehesa con un niño en brazos muy chiquito, el hijo y la madre eran muy hermosos, pero Juanillo no vio al niño cuando llego la Borrigueña y le preguntaba cómo se llamaba su niño y ella, de que lugar era y a dónde iba y cómo pasó el ganado sin mojarse porque el no sabía cómo había sido y quería saberlo para decírselo a su padre al otro día, porque aquella noche se quedaría en el cortijo de su padre, que cabían muy bien los tres y les daría de cenar porque tenía dos tortillas y unas uvas tempranas con un poco de tocino.

Oyó la Señora la conversación del rapaz y se estaba riendo con mucho gusto hasta que le dijo estas palabras: “Hijo, yo me llamo María. Este niño se llama Manuel, soy vecina de este pueblo, quiero que tu padre me vea y sepa que estoy aquí. Vete a la dehesa de arriba que allí está tu padre, y dile que vengo contigo y para que lo crea yo te daré una señal del cielo. Ve sin cuidado que yo te cuidaré tu ganado.

Dejó su ganado y se fue buscar al padre. Cuando llegó era de noche y contándole lo que había pasado, de repente, se vio un globo de luz en el cielo tan grande que se veía desde el más escondido rincón. Puso esta luz a todos lo vecinos en gran confusión y todos con el deseo de saber lo que indicaba, lloraban de alegría al saberlo y no se descuidó la justicia de llamar a los sacerdotes y todos los vecinos del pueblo juntos bajaron a ver lo que había en la dehesa. Miguel cayó de rodillas, pues recibida la señal reconoció ser María Santísima. La preguntó al momento qué le quería y le respondió con el semblante muy halagüeño, que la hiciera en aquel sitio una casa a su costa, que para fines tan altos daba Dios los bienes a los hombres. Le dijo además que quería vivir en aquel sitio para estar cerca del pueblo para socorrer a sus vecinos cuando estuvieran necesitados a cambio de que ellos fueran fieles cristianos pues siempre fue vecina de aquel lugar de Cebreros, sólo que hacía muchos años que vivía en una casa que la habían hecho unos pobres labradores en aquel sitio, hasta que por los pecados de los vecinos se vio su Hijo en la precisión de castigarlos, pues los moros que se habían apoderado de la mayor parte de España, invadieron el pueblo como castigo por los pecados que tenían sus habitantes. La Virgen Santísima por no verse expuesta a la barbarie de los moros, dejó su casa y se retiró a vivir a un desierto llamado Lancha Luna, donde pasó muchos años. Cuando marcharon los moros, volvió a su casa que aún existía. Y volviendo a pecar los hombres sobrevino de nuevo otra invasión y la Virgen marchó a su Lancha Luna, destruyendo los moros la casa y cuanto había en la dehesa.

Diciendo esto iba nuestro Miguel a dar las gracias cuando de repente, halló en lugar de la Virgen, una mujer con un vestido de brocado verde, muy ajado y con algunos agujeros que habían sido producidos por las lanzas de los moros. Estando en esto llegó la justicia en compañía de los sacerdotes y de todo el pueblo y, visto el prodigio de la Santa Imagen, con la luz hermosísima que les alumbraba desde el cielo, determinaron traer a la Iglesia la Imagen aquella misma noche. Sólo la trajeron entre sacerdotes y confesaron sus mercedes que no les pesaba nada, trayéndola en las manos, se fueron cantando todos los vecinos con tan gran favor como habían recibido hasta la Iglesia. En el momento en que la Virgen se apareció las campanas solas se echaron a tocar al vuelo. El Señor premió a aquel pueblo con un nuevo prodigio pues todos venían acompañando a la Virgen, excepto cinco personas que estando enfermas de gran cuidado, al entrar la Virgen en el pueblo se pusieron buenas al toque de las campanas y unidas al gozo del pueblo se levantaron de sus camas buenos y sanos y se fueron a la Iglesia a dar gracias a la Virgen Santísima.

Una hermana de Miguel Alía que era muy anciana y estaba ciega de nacimiento salió de casa y fue a la Iglesia y en cuanto entró vio a la Virgen Santísima y empezó a gritar ¡Viva la Virgen que me ha dado la vista! Era Ana la del Guapo.

Toda la noche estuvo el pueblo en la Iglesia dando gracias a la Virgen sin que la luz cesara de alumbrarles, pues había venido para su remedio. Se dijo una Misa cantada y contando con el Señor Cura Párroco dijo que era menester poner otro nombre mejor a la Virgen de los Toros. El Sr. Cura y todos los sacerdotes juntos fueron diciendo muchos nombres a ver cuál sería el mejor, en este momento vino la tía Ana, con suma vista, dijo “no quiebren la cabeza que yo les diré un nombre muy bueno. La Virgen Santísima ha hablado con mi sobrino en su valle, que le llamamos el Sordo desde que mi hermano es dueño de él. La Virgen quiere que mi hermano le haga una casa o capilla con todos sus bienes, con que su propio nombre ha de llevar la Virgen: Virgen del Valle del Sordo, que no habrá oto nombre como ese en el mundo entero. Todos quedaron conformes. Al siguiente día empezó a fabricar la capilla.

JOSEFINA MATEOS


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